domingo, 18 de abril de 2010

Domingo 2 de Pascua, de la Divina Misericordia, dedicado a los recién bautizados. Somos hijos de Dios en Cristo y sentirnos siempre dentro de ese amor divino.


Es hoy un día dedicado a la divina misericordia, y a los recién bautizados, como dice la
antífona de entrada: «Como el niño recién nacido, ansiad la lecha
auténtica, no adulterada, para crecer con ella sanos. Aleluya».
En torno a los Apóstoles comienza a formarse la primera comunidad
eclesial, avalada por la fe en la resurrección del Señor Jesús. Queda simbolizado en que esperaban poder rozar su sombra... que para los antiguos es como una proyección de la persona misma: la fuerza de Jesús es la fuerza de los discípulos; lo mismo que hace
Jesús harán sus discípulos; si él hizo curaciones, los discípulos
también las harán en su nombre.
Ante la prohibición de predicar, dirán: «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres»! Se sienten libres, milagrosamente escapados de prisión… ¡Qué Dios éste, que parece que
juega con los hombres, frágiles juguetes en sus manos! Nosotros, muchas veces, tenemos ganas de controlar todo... de modo excesivo...
El Salmo canta: "Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia…".
Fue tanto ese amor de Dios que llevó a la Cruz hasta el final. "Si no hubiera
existido esa agonía en la Cruz, la verdad de que Dios es Amor estaría
por demostrar" (Juan Pablo II).
"Este es el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo". Un día Jesús le dijo a santa Faustina Kowalska: "La humanidad no encontrará paz hasta que se dirija con confianza a la misericordia divina". La misericordia divina es el don pascual que la Iglesia recibe de Cristo resucitado y que ofrece a la humanidad.
El Evangelio nos cuenta cómo Jesús se aparece con los apóstoles el domingo de resurrección y el siguiente. Tomás no cree si no ve las llagas... nosotros le decimos a Jesús: "Dentro de tus llagas escóndeme!". El Corazón de Jesús rebosante de ternura fue visto por santa Faustina Kowalska con dos haces de luz que iluminaban el mundo. "Los dos rayos -le dijo el mismo Jesús- representan la sangre y el agua". La sangre evoca el sacrificio del Gólgota y el misterio de la Eucaristía; el agua, según la rica simbología del evangelista san Juan, alude al bautismo y al don del Espíritu Santo (Jn 3,5). A través del misterio de este Corazón herido, no cesa de difundirse también entre los hombres y las mujeres de nuestra época el flujo restaurador del amor misericordioso de Dios. Quien aspira a la felicidad auténtica y duradera, sólo en él puede encontrar su secreto.

Llucià Pou Sabaté

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