miércoles, 28 de abril de 2010

A mi madre

Tengo 44 años, soy la mayor de cuatro, y mi madre ha cumplido 70 este año. O sea, que tengo cierta experiencia como hija. En realidad, es de lo que más experiencia tengo!


Había pensado dedicar este post a mi madre. Ella no lo leerá, pero no me importa. Estaba hace un momento hablando con ella por teléfono -vivimos a 650 km de distancia- para desearle que todo vaya bien mañana, porque van a operarle un pie. Y mientras escuchaba su charla he abierto este blog para escribir sobre ellas, las madres, nuestras madres.


Mucho se habla de las diferencias generacionales, y con razón en muchos casos. En estos tiempos que corren, de la globalización en la información sobre todo, las cosas cambian mucho y muy deprisa. A veces parece que un abismo se abra entre ellas y nosotros, los hijos de mi generación. Cuando nos hacemos independientes de los padres e iniciamos la propia vida, la propia familia, puede ocurrir como me ocurrió a mí -lo confieso avergonzada- que uno se siente en cierto modo superior, como si ser madre por ejemplo fuera algo que nos viniera dado con el libro de familia. Imagino que muchos se reconocerán en esas frases que habremos pensado o dicho en voz alta: "yo lo haré mejor, yo no cometeré tal o cual error". Pensamos que el hecho de haber sufrido las supuestas equivocaciones educacionales de nuestros padres nos inmuniza para cometerlas con nuestra prole.


Ja, qué gracia. Hoy, en vísperas del comercial pero también entrañable (por esas preciosas manualidades que nuestros hijos nos regalan en esta fiesta) Día de la Madre, me reconozco deudora del amor de mi madre, de sus desvelos, atenciones, hasta de sus errores siempre bienintencionados. Perdóname por haberte juzgado desde la insolencia de mi juventud, por haber desdeñado muchos consejos desde una superioridad mal entendida.


El cuarto mandamiento me recuerda a las confesiones de cuando era niña: he desobedecido a mi madre... Hace ya unos años que me he dado cuenta de cuánto más abarca ese precepto divino, y según se acercan mis padres a la ancianidad (siempre les hago bromas sobre eso, la tercera edad, etc) me siento más conminada a vivir también por ellos, no sólo por mi propia familia. A ocuparme de ellos desde lejos o desde cerca, a cuidarlos de todas las maneras posibles, y -sobre todo- me ocupo concienzudamente de que mis propios hijos amen y veneren a sus abuelos a través de mi propio amor y respeto por ellos (hasta un poco egoístamente, he de confesar: me parece la mejor manera de enseñar a mis hijos cómo me gustaría ser tratada de mayor!). Un hombre, una mujer ancianos, desgastados, seniles en algunos casos, inválidos, incómodos, necesitados, demandantes... son también un hombre, una mujer en plena dignidad. Quizá ya no les queda nada que dar, es el maravilloso momento de recibir. Esta es la lección que quiero transmitir a los hijos, y la única manera -por mucho que a veces cueste y resulte inconveniente, inoportuno- es con el ejemplo.


Mamá, un beso. Tu hija mayor, que te quiere como eres,


cristina


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