viernes, 16 de abril de 2010

Pascua, día que el Señor transforma las penas en alegrías


Rezan las primeras
homilías que conservamos: "Soy Yo, en efecto vuestra remisión; / soy
Yo, la Pascua de la salvación; / Yo el cordero inmolado por vosotros,
/ Yo vuestro rescate, / Yo vuestra vida, / Yo vuestra luz, / Yo
vuestra salvación, / Yo vuestra resurrección, / Yo vuestro rey... / Él
es el Alfa y el Omega / Él es el principio y el fin. / Él es el
Cristo. Él es el rey. Él es Jesús, / el caudillo, el Señor, / aquel
que ha resucitado de entre los muertos / aquel que está sentado a la
derecha del Padre...." La misa de Pascua está llena de gozo, del gozo
de la Vida que nos comunica el Resucitado.

"Este es el día en que actuó el Señor, / que sea un día de
gozo y de alegría. / Este es el día en que, vencida la muerte, /
Cristo sale vivo y victorioso del sepulcro. / Este es el día que lava
las culpas y devuelve la inocencia, / el día que destierra los temores
y hace renacer la esperanza, / el día que pone fin al odio y fomenta
la concordia, / el día en que actuó el Señor, / que sea un día de gozo
y de alegría. / Hoy, Señor, cantamos tu victoria, / celebramos tu
misericordia y tu ternura, / admiramos tu poder y tu grandeza, /
proclamamos tu bondad y tu providencia. / Que sea para nosotros el
gran día, / que saltemos de gozo y de alegría, / que no se aparte
nunca de nuestra memoria / y que sea el comienzo de una vida / de
esperanza, de amor y de justicia".
El Salmo canta: "Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo… Dad gracias al Señor porque es bueno, / porque es eterna su misericordia".
Pascua, el día que transforma las
penas en alegrías. El enigma mayor de la condición humana es la
muerte. ¿Como es que el hombre, con deseos de ser feliz, muere? Es el
misterio del dolor, de la cruz, que no tiene explicación. Un proceso
de transformación, como una purificación del amor, que nos prepara
para la felicidad que es estar con Dios. Realidad misteriosa que no es
el final, pues cuando se acaba nuestra estancia aquí en la tierra
comienza otra, la vida continúa en el cielo. La muerte no es el final
de trayecto, la vida no se acaba, se transforma…
Jesús también muere, y ha resucitado. Y nos dice: "Yo soy el camino…".
La muerte es una realidad misteriosa, tremenda, y del más allá no
sabemos mucho, sólo lo que Jesús nos dice: "Yo soy la resurrección y
la vida…"
Dios, que es amor, nos hace entender que el amor no se acaba con la
muerte, que después de esta etapa hay otra para siempre. Que Dios no
quiere lo malo, pero lo permite en su respeto a la libertad, sabiendo
reconducirlo con Jesús hacia algo mejor… la muerte para la fe
cristiana es una participación en la muerte de Jesús, desde el
bautismo estamos unidos a Él, en la Misa vivimos toda la potencia
salvadora de la muerte hacia la resurrección.
Las fuerzas atávicas del mal, que volcaban en un inocente sus traumas
y represiones (el chivo expiatorio) que por el demonio se vierte toda
la agresividad en contra del Mesías, quedan truncadas. Pues en la
muerte de Jesús esas fuerzas quedan vencidas, el círculo del odio
queda sustituido por el círculo del amor; una nueva ola que alcanza
–con su Resurrección- todos los lugares del cosmos en todos sus
tiempos. "En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra
si mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto
es amor en su forma más radical" (Benedicto XVI). Se establece la
redención, la vuelta al paraíso original, a la auténtica comunión con
todos y todo. Y cuando estamos en contacto con Jesús, en la comunión,
también estamos con los que están con Él, de todos los lugares de
todos los tiempos, con los que queremos y ya se han ido de nuestro
mundo y tiempo.
Este es el misterio pascual de Jesús, el paso de la muerte a la Vida,
la luz que se enciende con la nueva aurora. El cuerpo que se entierra
es semilla –grano de trigo que muere y da mucho fruto- para una vida
más plena, de resurrección.
El amor humano nos hace entender ese amor eterno, pues el amor nace
para ser eterno, aunque cambiemos de casa quedamos unidos a los que
amamos. Jesús nos enseña plenamente el diccionario del amor, nos habla
del amor de un Dios que es padre y que nos quiere con locura, y
dándose en la Cruz, hace nuevas todas las cosas, en una renovación
cósmica del amor: las cosas humanas, sujetas al dolor y la muerte,
tienen una potencia salvífica, se convierten en divinas.
En este retablo de las tres cruces, vemos a la Trinidad volcar su amor
en el calvario. Y junto a Jesús, su madre. Allí ella también entrega a
su hijo por amor a nosotros. Allí también está el buen ladrón que
dice: "Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino", y Jesús le da
la fórmula de canonización: "en verdad te digo que hoy mismo estarás
conmigo en el paraíso"; es un misterio ese juicio divino en el amor.
Juntos se fueron al cielo.
Estos días queremos vivir el misterio, abrir los ojos como las mujeres
al buscar a Jesús en la mañana de pascua, y les dice el ángel, aquel
primer domingo: "¿por qué buscáis entre los muertos aquel que está
vivo? No está aquí, ha resucitado". Queremos ver más allá de lo que se
ve, beber de ese amor verdadero que es eterno, para iluminar nuestros
días con ese día de fiesta, de esperanza cierta.

Llucià Pou Sabaté

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