domingo, 18 de julio de 2010

La oveja descarriada?


¿Quiénes son buenos padres? Aquellos que amorosa, cuidadosa y dedicadamente se esfuerzan por enseñar a sus hijos, mediante el precepto y el ejemplo, a “orar y a andar rectamente delante del Señor”. Eso es efectivo aunque algunos de sus hijos sean desobedientes o del mundo. Los niños nacen con un espíritu y una personalidad propia. Algunos “plantearían dificultades a cualquier tipo de padres y en cualquier circunstancia... y tal vez haya quienes hasta serían una bendición y una fuente de gozo para la vida de casi cualquier padre o madre”. Los padres que tienen éxito son aquellos que se han sacrificado y esforzado por dar lo mejor de sí mismos de acuerdo con sus circunstancias familiares.

Resulta imposible mensurar el amor de los padres por sus hijos. No existe otra relación semejante; excede incluso al aprecio por la vida propia. El amor de un padre o de una madre por su hijo es continuo y va más allá de la desolación y el desánimo. Todo padre ruega y anhela que sus hijos tomen decisiones sabias. Aquellos hijos que son obedientes y responsables constituyen para sus padres una fuente inagotable de orgullo y satisfacción. Pero, ¿y si los hijos que han sido instruidos por unos padres fieles y amorosos se han rebelado o se han descarriado? ¿Hay esperanza? Resulta casi imposible consolar el dolor de un padre por un hijo rebelde.
Ese amor paternal está también presente en la parábola del hijo pródigo. Cuando el hijo rebelde regresó a casa después de haber malgastado su herencia en una vida desenfrenada, el padre mandó matar el becerro gordo y celebró su regreso, diciendo a su hijo obediente pero resentido: “Era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado”
“Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres”
A los hijos que se hayan distanciado de sus padres, que vuelvan a ellos, aun cuando sus padres no hayan estado a la altura de lo que debieron haber sido.
Es muy injusto y cruel juzgar a padres concienzudos y fieles por el hecho de que algunos de sus hijos se hayan vuelto rebeldes o se hayan alejado de las enseñanzas y el amor de sus progenitores.
A los padres desconsolados que han sido rectos, diligentes y que han orado constantemente para enseñar a sus hijos desobedientes, decimos que el Buen Pastor cuida de ellos.

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