lunes, 6 de diciembre de 2010

De cómo la ofensa puede transformarse en intercesión, y el perdón y la paciencia pueden hacer renacer el amor

¿Hasta que punto podemos unirnos a la Cruz de Jesús y vivir esta transformación pascual en nuestras vidas? Pongamos un ejemplo. Cuando una mujer no sabe si aguantar una situación familiar difícil, se pregunta: ¿qué hacer? Piensa que no es correspondida, en lo mucho que hace por el marido u otras personas, y que se la paga con desconsideración y menosprecio. Entonces, aparece en su corazón el sentimiento de abandonar, de dejar aquel sufrimiento, de que ha hecho ya bastante, pero si tiene fe, su mirada va hacia Jesús, y el corazón le indica que aquella pena se puede transformar en oración compasiva, y dirá: “Señor, ahora que he pasado por esto, haz que a mi alrededor no haya nadie que pruebe esto por lo que estoy pasando en estos momentos”, y permanece en aquella situación de un modo nuevo, ha pasado de sentirse víctima a renacer del abatimiento, con la misión de procurar dar de aquello tan necesario, su compasión tranforma la ofensa en donación de aquello de lo que precisamente a ella le ha faltado. Ve a Jesús como modelo, le contempla cuando le increpan: “¡baja de la cruz!” y ve como Él no tomó este camino fácil, de ser uno más, y hacer lo de todos, vivir la vida con “normalidad”: permaneció en la Cruz, y transformó la ofensa en intercesión. Pero a veces Jesús está lejos, como inasequible, y viene el pensamiento de que es Dios y como tal más allá de nuestras posibilidades… y entonces el corazón acude a la Virgen, a su corazón maternal, y con ella es más fácil estar al pie de la Cruz, y participar de ella y así encontrarle un sentido, por ella accedemos más fácilmente al corazón de su Hijo. Esta transformación, iluminación en la percepción de un problema, podemos llevarlo a otros muchos aspectos de nuestra realidad cotidiana.Llucià Pou Sabaté

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