jueves, 28 de enero de 2010

Las edades de la vida


Las edades de la vida
Muchos jóvenes suspiran por llegar a tener la edad de tal o cual actor/actriz o modelo, o se lamentan de haber pasado de esas edades. En Grecia tenían una palabra para indicar ese paso del tiempo, el “cronómetro”, Cronos era aquel dios que se comía sus hijos... el paso del tiempo inexorable que se nos come, como la cantante Luz que habla de “el veneno sobre mí piel” que supongo se refiere a las arrugas que va dejando en el rostro. Pero esas marcas que deja el tiempo por fuera no es el único sentido del tiempo, junto a estos momentos “rutinarios” del día a día, del caer de la arena de un lado a otro del reloj, hay también momentos “mágicos”, un sentido del tiempo interior, expresado en otra palabra que usaban también los griegos: el Kairós, tiempo oportuno. Indica que la vida no se mide por años, semanas o días, sino por aquellos momentos que te hacen perder el aliento, que te hacen ver que vives con intensidad. Recuerdo lo que contaba Jorge Bucay, de un buscador que llegó hasta un pueblo, y allá vio unas lápidas y fue leyendo: -“fulano de tal”: "siete años, tres meses y un día”.... y a todas igual, y dice: “¡aquí ha habido una epidemia!”, cuando vino el guarda del cementerio y lo encontró desconsolado; le preguntó al guarda: "Qué ha pasado, ¡explícamelo!" -"No es lo que te piensas –le responde-, aquí la gente vive muy feliz. Y tenemos una costumbre: cuanto nuestros chicos tienen edad de discernir les damos una libreta para que en ella vayan apuntando cuánto duran todos los momentos que de verdad son felices: te has enamorado... ¿cuánto de tiempo ha sido?; has hecho esto..., ¿de verdad que has sido tú mismo?... ¿cuánto tiempo ha durado?... van apuntando estos momentos; y al final de la vida, cuando muere una persona, tomamos su libreta, hacemos una raya y sumamos, porque esta es la vida auténticamente vivida". Se trata de aprender a disfrutar estos “momentos mágicos” especiales de la vida.
El sentido de la vida y del tiempo es algo misterioso... Romano Guardini hablaba sobre las edades de la vida: decía que la persona se iba enriqueciendo, lógicamente, no tanto en fuerzas físicas (pues a partir de ciertas edades hay que acostumbrarse a tener alguna molestia, dicen que si un día uno se levanta sin ningún tipo de molestia, es que ya no está uno en este mundo sino que se ha ido al otro), pero si con la experiencia y con los recuerdos de la vida, que es parte importante de la felicidad, como decía Miquel Martí i Pol: “para ser feliz, primero debe creer que puede serlo. Después, debe vivir de una forma consecuente con esta convicción… mis momentos felices han sido aquellos en que no me he planteado de una manera seria vivir felizmente. Me he dado cuenta después de haberlos vivido. Es una felicidad en el recuerdo”. Sí, la memoria constituye nuestra identidad, ahí sigue vivo todo, llevamos siempre dentro el niño que fuimos, la ingenuidad y la sorpresa de la admiración. También la juventud está siempre con nosotros, pero no la “física”, que es un error de la cultura actual estar demasiado preocupados por la edad la juventud es una etapa que no pasa, es un estado del espíritu que se puede perfeccionar día a día y no dejar de tener aquellas características propias, que son: voluntad de victoria, calidad de la imaginación, intensidad emotiva, capacidad de admiración, gusto por el riesgo -controlado- y por la aventura, primacía del amor sobre la comodidad, no tener miedo de la dificultad por controlar cosas de la vida... La persona se va perfeccionando con esas “edades de la vida” que se van integrando en nuestra existencia, se va creciendo interiormente.
Llucià Pou Sabaté

Cadena de amor


Cadena de amor
Dicen que un joven iba por carretera en coche, cuando vio a una señora de edad avanzada, fuera de un coche parado, al lado de la carretera. Llovía fuerte y oscurecía, y al verla necesitada, detuvo su coche y se acercó. La señora al verle vestido pobremente tuvo miedo, y el joven le dijo: “Estoy aquí para ayudarla, señora, no se preocupe. ¿Por qué no entra en el coche que estará mejor? Me llamo Renato”. Ella tenía una rueda pinchada y Renato la cambió… la mujer le contó que estaba de paso, y que se encontraba perdida en aquel lugar, sin saber qué hacer, y no sabía cómo agradecer la preciosa ayuda; preguntó qué podía pagarle. Renato respondió: “Si realmente quisiera pagarme, la próxima vez que encuentre a alguien que precise de ayuda, déle a esa persona la ayuda que ella necesite y acuérdese de mí”...
Algunos kilómetros después, la señora se detuvo en un restaurante más bien pobre. La camarera era joven, muy amable, le trajo una toalla limpia para que secase su cabello y le dirigió una dulce sonrisa... estaba con casi ocho meses de embarazo, le notó cierta preocupación en su cara, y quedó curiosa en saber cómo olvidaba sus problemas para tratar tan bien a una extraña, y le dio pena que trabajara hasta tan tarde, en esas condiciones. Entonces se acordó de Renato. Después que terminó su comida, se retiró... Cuando la camarera volvió notó algo escrito en la servilleta, en la que había 4 billetes de 500 euros... Leyó entre lágrimas lo que decía: - “Tú no me debes nada, yo tengo bastante. Alguien me ayudó hoy y de la misma forma te estoy ayudando. Si tú realmente quisieras reembolsarme este dinero, no dejes que este círculo de amor termine contigo, ayuda a alguien”. Aquella noche, cuando fue a casa, cansada, pensaba en el dinero y en lo que la señora dejó escrito... ¿Cómo pudo esa señora saber cuánto ella y el marido precisaban de aquel dinero? Con el bebé que estaba por nacer el próximo mes, todo estaba difícil... Quedó pensando en la bendición que había recibido, y que últimamente estaba enfadada con su situación y que las cosas no iban bien con su marido; cambió su cara y dibujó una gran sonrisa... Agradeció a Dios y besó a su marido con un beso suave y susurró: -“Todo estará bien: ¡te amo... Renato!”
En la película "Cadena de Favores" (de Mimi Leder, con Kevin Spacey, Helen Hunt, de Estados unidos 2000) vemos esta idea: un niño inicia un movimiento que sugiere que alguien haga un favor grande a tres personas; cada una de esas tres personas ayudará a otras tres, y así sucesivamente, hasta llegar a un nivel donde el incremento geométrico de favores y buenas intenciones logren mejorar el lamentable estado en el que está el mundo. El niño entonces procede a ayudar a quienes más cerca están de el, sin darse cuenta de la extensión de las consecuencias que sus actos conllevan. Efectivamente, uno se puede dejar contagiar de la agresividad que nos rodea, o puede sembrar amabilidad. Uno puede ir a la suya, y construir su destino, o bien hacer el bien, y ayudar a todo el que te necesite. La vida es algo misterioso, y la historia de Renato sería una cursilada si no fuera porque experimentamos que en nuestras vidas muchas veces es realmente así... en la medida que hagamos a los demás, ellos harán con nosotros; la vida es un espejo... ciertas “casualidades” nos hacen ver que todo lo que uno da, ¡vuelve a uno! Es como si hubiera un espejo que funciona con lo que expresamos; si damos odio nos vuelve odio, si lo que damos a los demás es amor, también lo recibimos. ¿Siempre? Porque a veces parece que no recibimos lo que damos: en realidad lo recibimos siempre, pero de otro modo, pues el fruto más importante de nuestras acciones ya ha crecido en nuestro interior, aunque fuera no germine aparentemente; aunque no siempre se ven los resultados, aún así vale la pena. La gran estafa de la vida, el engaño, es cuestión de verbos, decía S. Tamaro: “Desde el nacimiento nos enseñan que la vida está hecha para construir y en cambio no es cierto. No es cierto porque aquello que se construye tarde o temprano se derrumba, ningún material es tan fuerte como para durar eternamente. La vida no está hecha para construir, sino para sembrar. En el largo trayecto, desde la hendidura del comienza hasta la del final, pasamos y esparcimos la simiente. Acaso jamás la veamos nacer, porque, cuando brote, nosotros ya no estaremos. No tiene ninguna importancia. Importante es dejar tras de sí algo en condiciones de germinar y crecer”. La regla de oro siempre es la del Evangelio: hacer a los demás lo que queremos que hagan con nosotros, sabiendo que hay más alegría en dar que en recibir.
Llucià Pou Sabaté

miércoles, 27 de enero de 2010

DESPUÉS DE AMAR TE AMARÉ


DESPUÉS DE AMAR TE AMARÉ
Javier Vidal-Quadras; Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid 2004, 144 pp.
¿Por qué este título: “Después de Amar, te amaré”? Ante un mundo de falta de amor, el Autor, abogado, casado y con siete hijos, muestra un poco lo que lleva dentro, descubre algunos “secretos y voces” suyos, animado con este pensamiento: “allá donde tú te descubras, se descubrirán tus lectores. No tengas miedo” (p. 18). Quiere desenmascarar los fantasmas que difuminan el amor: “estabas enamorado, sí, pero... ¿de ella... o de la emoción?, ¿de la persona o del sentimiento? ¿No es verdad que, a veces, te sentías enamorado de estar enamorado?” (p. 19). Es una falta de madurez estancarse en la etapa de pensar que lo importante es “sentirme” enamorado: es un egoísmo que llevaría a que si ésta persona no me llena ya, “habrá que reemplazarla” (p. 19). A través de 27 capítulos cortos hay una línea argumental: meterse en la piel del lector para despertar en medio de tantos engaños que adormecen al único amor por el que merece la pena vivir. ¿Cuál es ese amor auténtico?: amar para siempre, y pase lo que pase: “casarse para siempre (¿hay otra forma de casarse? es un exceso de libertad. Por eso hay gente que no se atreve... porque no es libre hasta el extremo de poseerse a sí mismo y a su futuro de modo absoluto, y le da miedo comprometerse a algo que no abarca su libertad” (p. 23).
La entrega es la otra cara de la libertad: “¿Casarse sólo por amor? Uno no se casa sólo porque ama, sino porque quiere amar” (p. 23), es decir, uno no puede fundar un matrimonio con el pensamiento de que el amor es algo que se puede acabar, sino “con la firme voluntad... puede decidir amar siempre y pase lo que pase: muchos lo han hecho a lo largo de la historia. La razón de casarse no es amar, sino querer amar. Amar es una premisa necesaria (o muy conveniente), pero no suficiente. No me caso porque amo, sino para amar... por eso, amar es importante, pero más lo es querer amar. Quien no ha pensado en eso, más vale que no se case, porque, aunque lo piense, no está contrayendo matrimonio... y casarse para no casarse es un contrasentido. Así pues: no me caso porque amo, sino porque amaré” (p. 24).
Esta entrega no puede tener límites, para que sea real: “Ella es para siempre. Y él también. Y ellos, cuando nazcan, también serán para siempre. Así son las personas: para siempre. No caducan. Un día morirán, es cierto..., aunque yo creo que seguirán viviendo, y una mejor vida... las personas son... para toda la vida” (p. 25). Y el amor no depende de las circunstancias, ni siquiera de la correspondencia: “no amo para que me ames: amo porque mi naturaleza es amar, y para que tú también puedas amar, para que mi amor te complete como persona, te desborde y puedas darlo a otros...” (p. 27).
Algunas circunstancias pueden ser muy duras, amar puede llegar a ser difícil, pero eso no es motivo de decir: “la amaré mientras ella...” porque entonces “ya no la amamos a ella, nos amamos a nosotros. Ya no buscamos su felicidad, que es nuestro
compromiso en el amor, buscamos la nuestra” (p. 27). Empeñarse en la propia felicidad es billete seguro a la frustración, “vejez” del alma, aburrimiento... la vida es para amar, y como de rebote nos encontramos felices. Entonces, la cabeza y el corazón se llenan de amor pues uno se llena de aquello a lo que tiende. Y no habrá escapes, grietas: “el agrietado va regalando trozos de intimidad al primero que se acerca... y se va vaciando... y se puede caer en la tentación de ir a llenarse otra vez a esas fuentes nuevas y no a las de siempre” (p. 58). Otro efecto del egoismo es el victimismo: “su vida es... una suma de dolores” (p. 61), todo es motivo de queja que siembra amargura, y provoca rechazo a su alrededor. En cambio, cuando hay amor, hay buen humor, una chispa que inventa siempre formas de contagiarse a los demás.
El amor tiene también sus jerarquías, saber priorizar: “lo más importante, lo absolutamente imprescindible que tienen que hacer los padres para educar a sus hijos es quererse fiel, leal y progresivamente más entre ellos dos” (p. 75), receta con Melendo. Los conflictos no se resuelven echando la culpa al otro: “empezó él/ella”. Sirve la receta de S. Juan de la Cruz: “donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”, y la de S. Agustín: “procurad adquirir las virtudes que creéis que faltan en los demás y no veréis sus defectos, porque no los tendréis vosotros” (p. 79). Cuando después de cada tropiezo hay una reconciliación, “uno parece renacer de sus propias cenizas y la relación se refuerza tras el perdón recíproco” (p. 82). En cambio, “cuando estoy convencido de que mi mujer llega tarde para fastidiarme” (p. 96) y tantas valoraciones falsas “cuando todo lo pongo en relación conmigo, la paranoia está a la vuelta de la esquina” (p. 96); es el “ego, ego, ego, ego... / y va balando el borrego”, el “yo” que desquicia, y amar hace feliz, como dice Kierkegaard: “la puerta de la felicidad se abre hacia fuera, hacia los otros” (p. 97).
¿Qué hacer cuando el abundante trabajo fuera de casa llena nuestra agenda? Poner en ella lo más importante, la familia. El binomio de “más trabajo, más dinero” si no se regula no acaba nunca, esclaviza, y ya sabemos sus “efectos colaterales” nefastos... pues “sin libertad no se puede amar” (p. 110). “El que resta tiempo a su cónyuge (a su familia) por razón del dinero es un mercenario. Y si se lo roba por el prestigio, es un pelele. Y si lo hace por temor, un cobarde” (p. 111). Por eso, los hijos no son “estorbo”, y añade el autor: “unos amontonan cosas; nosotros preferimos formar personas. Cuestión de gustos... (aunque) no es cuestión de gustos, sino de amor...” (p. 119)
¿Y cuando densos nubarrones ciegan toda luz, y se ve el matrimonio como un túnel sin salida, cuando amar “duele”?: “Sabes que el único camino es el perdón: el perdón o el vacío. Ascender o despeñarse. La ascensión será dura, muy dura; presientes un terreno áspero, luchando siempre contra tus tendencias, pero la disyuntiva es el abismo” (p. 123); además, entonces no se es objetivo: se distorsiona todo cuando uno está amargado, y hay que pensar en mis errores, que tampoco son pocos... y de ese abismo nace otra vez el perdón: “¡Es posible el perdón! ¡Siempre es posible el perdón!” (p. 124).
En fin, “si uno cuenta con Dios, el compromiso matrimonial es más fácil... se convierte con Él en vocación, es decir, llamada y encuentro, camino de santidad” (p. 127) y este amor no tiene fin: “no hasta la muerte..., después de la muerte y hasta siempre... ¡Parece tan poco una vida para amar”!” (p. 132).
Llucià Pou Sabaté

viernes, 22 de enero de 2010

Cuando el Odio quiso matar el Amor


Cuando el Odio quiso matar el Amor
Escuché una vez este relato: Cuentan que en la historia del mundo hubo un día terrible en el que el Odio, que es el rey de los malos sentimientos, los defectos y las malas virtudes, convocó a una reunión urgente con todos los sentimientos más oscuros del mundo y los deseos más perversos del corazón humano. Estos llegaron a la reunión con curiosidad de saber cuál era el propósito. Cuando estuvieron todos habló el Odio y dijo: "Os he reunido aquí a todos porque deseo con todas mis fuerzas matar a alguien". Los asistentes no se extrañaron mucho pues era el Odio que estaba hablando y él siempre quiere matar a alguien, sin embargo, todos se preguntaban entre sí quién sería tan difícil de matar para que el Odio los necesitara a todos. "Quiero que matéis al Amor", dijo. Muchos sonrieron malévolamente pues más de uno quería destruirlo.
El primer voluntario fue el Mal Carácter, quien dijo: "Yo iré, y les aseguro que en un año el Amor habrá muerto; provocaré tal discordia y rabia que no lo soportará".
Al cabo de un año se reunieron otra vez y al escuchar el informe del Mal Carácter –que efectivamente provocaba riñas y discusiones- quedaron decepcionados. "Lo siento, lo intenté todo pero cada vez que yo sembraba una discordia, el Amor la superaba y salía adelante".
Fue entonces cuando, muy diligente, se ofreció la Ambición que haciendo alarde de su poder dijo: "En vista de que el Mal Carácter fracasó, iré yo. Desviaré la atención del Amor hacia el deseo por la riqueza y por el poder. Eso nunca lo ignorará". Y empezó la Ambición el ataque hacia su víctima quien efectivamente cayó herida y la adoró en sus ídolos, que son una tentación constante, y una causa frecuente del alejamiento del amor verdadero. Muchos ídolos se levantan muy bien construidos y refinados que se presentan bajo capa de “progreso” o que proporcionan más material bienestar, más placer, más comodidad...: su Dios es el vientre, y su gloria la propia vergüenza, pues ponen en corazón en las cosas terrenas (dice San Pablo en Filipenses), y es aplicable a la idolatría moderna, a la que se ven tentados tantos, olvidando el tesoro auténtico, la riqueza del amor. Pero, después de luchar por salir adelante, el Amor renunció a todo deseo desbordado de poder y triunfó de nuevo.
Furioso el Odio por el fracaso de la Ambición envió a los Celos, quienes burlones y perversos inventaban toda clase de artimañas y situaciones para despistar el amor y lastimarlo con dudas y sospechas infundadas hasta desear hacer aquello que el otro tenía celos. Pero el Amor confundido lloró y pensó que no quería morir, y con valentía y fortaleza se impuso sobre ellos, y los venció.
Año tras año, el Odio siguió en su lucha enviando a sus más hirientes compañeros, envió a la Frialdad, al Egoísmo, la Indiferencia, la Pobreza, la Enfermedad y a muchos otros que fracasaron siempre, porque cuando el Amor se sentía desfallecer tomaba de nuevo fuerza y todo lo superaba. Cuando venían las Desgracias parecía sucumbir, pues los golpes imprevistos no permiten muchas veces que uno aproveche de ellos, a causa del abatimiento y turbación que levantan en el alma (Claudio de Colombiere); mas con un poquito de paciencia, se ve como Dios dispone a recibir gracias muy grandes precisamente por aquel medio. Sin tales percances tal vez no habría sido el amor del todo malo, pero tampoco del todo bueno.
El Odio, convencido de que el Amor era invencible, les dijo a los demás: "No podemos hacer nada más... El Amor ha soportado todo, llevamos muchos años insistiendo y no lo logramos”.
De pronto, de un rincón del salón se levantó alguien poco reconocido, que vestía todo de negro y con un sombrero gigante que caía sobre su rostro y no lo dejaba ver, su aspecto era fúnebre como el de la muerte. "Yo mataré el Amor”, dijo con seguridad. Todos se preguntaron quién era ese que pretendía hacer solo, lo que ninguno había podido. El Odio dijo: "Ve y hazlo".
Tan sólo había pasado algún tiempo cuando el Odio volvió a llamar a todos los malos sentimientos para comunicarles después que, de mucho esperar, por fin el Amor había muerto. Todos estaban felices, pero sorprendidos. Entonces el sentimiento del sombrero negro habló:
"Ahí os entrego el Amor totalmente muerto y destrozado", y sin decir más ya se iba. "Espera", dijo el Odio, "en tan poco tiempo lo eliminaste por completo, lo desesperaste y no hizo el menor esfuerzo para vivir. ¿Quién eres?" El sentimiento levantó por primera vez su horrible rostro y dijo: "soy La Rutina."
La rutina es ausencia de amor, monotonía, y “la monotonía es falta de energía” (dice la cantante Laura Pausini), significa que está ya muerto el amor. El amor es un fuego al que hay que echar cada día cosas nuevas: "Los pequeños actos de cortesía endulzan la vida, los grandes la ennoblecen" (Karina Valenzuela). En la batalla del amor frente al odio, hay que cuidar las cosas pequeñas que son –en frase de la Escritura- las que si faltan dejan paso a las pequeñas raposas que destrozan el campo de ese amor. La dejadez, el abandono de los detalles, produce el desmoronarse de todo el amor: “Será que la rutina ha sido más fuerte” (canta el grupo “Ella baila sola”). En los pequeños detalles es donde se libra la batalla del odio contra el amor: el amor alienta, el odio abate; algunos de los campos en los que se libra esta batalla son: el amor sonríe, el odio gruñe; el amor atrae, el odio rechaza; el amor confía, el odio sospecha; el amor enternece, el odio enardece; el amor canta, el odio espanta; el amor tranquiliza, el odio altera; el amor guarda silencio, el odio vocifera; el amor edifica, el odio destruye; el amor siembra, el odio arranca; el amor espera, el odio desespera; el amor consuela, el odio exaspera; el amor suaviza, el odio irrita; el amor aclara, el odio confunde; el amor perdona, el odio intriga; el amor vivifica, el odio mata; el amor es dulce; el odio es amargo; el amor es pacífico; el odio es explosivo; el amor es veraz, el odio es mentiroso; el amor es luminoso, el odio es tenebroso; el amor es humilde, el odio es altanero; el amor es sumiso, el odio es jactancioso; el amor es manso, el odio es belicoso; el amor es espiritual, el odio es carnal. El amor es sublime, el odio es triste (Mauricio Fornos).
Llucià Pou i Sabaté

Cómo recomponer la afectividad

Cómo recomponer la afectividad
Me decía una joven que había tenido un desengaño amoroso, y por culpa de esa relación sentimental rota ella también se sentía rota, como “un trozo de carne”, un trapo, y llevaba semanas melancólica, sin salir de casa, además no paraba de pensar en el antiguo novio. ¿Que hacer, con ese “mal de amor”?
La recomposición de la afectividad rota tiene componentes espirituales, fisiológicos y psicológicos, etc. Hay unas claves para estimular la felicidad y la esperanza, como la meditación-reflexión y la confianza en Dios; fomentar las endorfinas que son tan buenas y que se recargan cuando realizamos algunas actividades que nos agradan, con ellas nuestra actitud y estado de ánimo mejoran. Algunas de estas cosas son:
-la risa, pues se ha comprobado la influencia que tiene la risa sobre la química del cerebro y del sistema inmunitario (dicen que el solo hecho de reproducir el gesto de la sonrisa ya hace segregar endorfinas, por un mecanismo similar al que nos hace segregar saliva con sólo oler o pensar en una buena comida).
-disfrutar de la naturaleza, cuyo contacto nos llena de energía y buen humor (ir a la playa, al campo, y empaparse de sensaciones).
-admirar la belleza de las cosas, mirar siempre el lado bueno, positivo de todas las cosas porque ello influye en el mejoramiento de nuestro estado de ánimo y de salud.
-darle sentido a la vida: la rutina destruye lentamente nuestras reservas de endorfinas, por tanto, hay que evitar la monotonía con curiosidad, intereses, haciendo lo que más llena.
-re-cordar situaciones buenas: “re-cordar” es volver a llevar al corazón, volver a vivir momentos del pasado, con lo que al re-vivirlos gozamos en ellos, y además crea un efecto químico similar a los momentos del pasado que revivimos, fomentando esas endorfinas. Sin embargo, no hay que olvidar que lo mejor siempre está por llegar; no hay que ensimismarse en el pasado que sería cerrar la puerta a lo bueno que está por venir.
-como siempre, la amabilidad es la mejor terapia: al darnos a los demás nos metemos en sus problemas, y olvidamos los nuestros. Así, las palabras afectuosas, las sonrisas, el buen humor, una actitud receptiva y comprensiva hacia los demás originan una emisión constante de estas “hormonas” de la felicidad.
-la buena respiración, con actividad física si puede ser al aire libre ayuda también a esta química del cerebro y, en consecuencia el estado de ánimo: es bueno aumentar el ritmo y la frecuencia de alguna actividad física, un mínimo de tres veces a la semana (caminar, bicicleta o nadar). Esto en cuanto a la “gimnasia de la alegría”, que Santo Tomás de Aquino decía que ayudan mucho el suspirar, reírse, pasear, tomar baños de agua caliente... y por supuesto rezar, pues los medios sobrenaturales son siempre los más importantes, el abandono en Dios nos hace ver en aquellas cosas que Dios permite un camino para la felicidad, que aparecerá, como el caso de la chica que comentamos al comienzo, en un nuevo encuentro, mucho mejor que aquel que le sirvió de experiencia para profundizar, a través del dolor, en el sentido auténtico del amor.
Llucià Pou Sabaté

jueves, 21 de enero de 2010

DEL CANTAR DE LOS CANTARES



Hoy he leído un pasaje maravilloso de Él y yo. Quiero simplemente compartirlo, no podría comentar nada. Simplemente recomiendo llevarlo a la oración, especialmente después del abrazo de la confesión.
Jesús le dice a Gabrielle:
"¿Recuerdas el Cantar de los cantares: Sostenedme con flores, rodeadme con frutos? Ella decía eso con el fin de amparar su debilidad y presentarse más hermosa ante los ojos del Esposo. Y Yo favorezco al alma que desea, con su hermosura, agradar a mis ojos. Que venga a Mí, que se revista con mis méritos, que tome mi amor para amarme, mi humildad, mi paciencia tan dulce, y
cuando Me haya raptado todo, que Me diga:
!Amado mío, mira, mi vestidura es lujosa y mi corazón está ardiente...!
Me miraré en ella como en un espejo, atraído por el perfume de su humildad. Y cuando se diga mi sierva, yo la llamaré mi esposa. Cuando ella besa mis pies, yo la estrecho sobre mi Corazón
Mi Corazón, le confía sus secretos. Ella ya Me ha dicho los suyos: son sus pecados que le pesan.
Tiene mi sangre que los borra, puede oír mis latidos de amor en la Paz, y si se duerme, Yo velo sobre ella."

(Gabrielle Bossis, Él y yo. Barcelona, Balmes, 1999. Pág. 223)


miércoles, 20 de enero de 2010

Calor de hogar

Calor de hogar
La persona necesita vivir en familia, tener un hogar, un nido al que volver cuando sale a la calle, donde haya calor y protección… Cuenta una historia de una pareja de cigüeñas que hizo un nido en lo alto de un campanario, les gustaba ir lejos a cazar ratones y culebras, sapos y pasear y volar sin parar. Tuvieron polluelos, y organizaron las cosas con trapos y hojas para que estuvieran a gusto, pero cuando volvían los notaban fríos, faltaba calor. Al final, tuvieron que optar por hacer un sacrificio: se arrancaron algunas plumas de las alas, y con eso hicieron un lugar acogedor en el que los polluelos estaban a gusto. Ya no podían ir tan lejos en sus vuelos, se sentían menos libres y condicionados porque con menos plumas no aguantaban tanto tiempo fuera. Pero sentían gratificación al volver y encontrarse en el nido sus polluelos contentos, habían creado calor de hogar. Así la familia condiciona muchas libertades que antes podían permitirse, pero el amor que nace es lo mejor, dar la vida, aunque haya una limitación de las actividades nada es mejor que esta esclavitud del amor, es la máxima realización personal. Calor de hogar, hecho a costa de tiempo y de renuncias, de recortar otras cosas que eran más urgentes, pero menos importantes. Lo primero es ese amor, que si no se encuentra donde se debería encontrar se busca, inevitablemente, en otro sitio. Y ahí empiezan los problemas: si un hijo no encuentra en su casa, lo que debería encontrar, lo buscarás en otro sitio, será gregario de un grupo en el que encontrará su identidad para salir del aislamiento. El calor de hogar, como todo calor, necesita algo que lo alimente, y ese algo es personal, regalar tiempo y afecto, y no comodidades. El calor de hogar se consigue cuando los padres se dan cuenta de que más que en dar cosas es darse a sí mismo, y que participen los hijos con encargos y responsabilidades aunque sólo sea bajando la basura por las noches (decía José Manuel Tarrio).
Calor de hogar, que hay que mantener con arte, para estar “a gusto”. Con todas las letras. “A gusto” se escribe con la A de alegría, G de generosidad, U de utilidad, S de satisfacción, T de tolerancia y O de orden. Así se mide la “temperatura” y el calor no se nos escapa por las rendijas de gritos y discusiones. En primer lugar, de este clima de entrega a los demás, surge el gozo, la alegría que salpica a los demás, que se expresa en la mirada, puerta del mundo interior. Es un jardín donde crece la planta de la generosidad, cuando el marido llega cansado no se refugia en el telediario sino que va a recibir las novedades de la mujer y cada uno de los hijos. Donde todos colaboran y se sienten útiles, y por esto satisfechos. Y hay tolerancia, porque se sabe que hay cosas importantes y otras que no lo son, y se saben distinguir unas de otras, y ceder en aquello que es opinable e intrascendente y allí nadie pretende tener siempre la última palabra en cualquier asunto. Y orden, también material aunque sin que sea una manía para ocultar el desorden interior. Esta es la vocación de nido, que no es hotel donde descansar, pero tampoco cárcel donde desarrollar un sentimiento posesivo y chantajes emotivos: es el lugar donde se está lo justo para nacer, para crecer, y para aprender a volar: para perderle miedo a la altura, y lanzarse finalmente al cielo. De ahí que la madre tenga vocación de nido. La mujer anida a los hijos, al marido, y a todos a cuantos ella prohíja con su amor, que no es ablandarlos con mimos y comodidades. El nido es esa rara forma de ternura que cría fortaleza, de suavidad que produce reciedumbre, de protección que incita al valor: ¡al valor de volar! Y saber que siempre se puede volver…
Llucià Pou Sabaté

sábado, 16 de enero de 2010

Amor, flor delicada

Amor, flor delicada
En la película “Secretos de un matrimonio” de I. Bergman, aparece una mujer –típica ama de casa- quiere divorciarse, pues su matrimonio es sin amor; después de muchos años en los que “todo ha ido bien”, quiere separarse y se lo cuenta a la abogado: “mi marido es una buena persona, no le reprocho nada, ha sido un padre excelente y nunca nos hemos peleado. Tenemos un piso excelente y una casa que nos dejó su madre al morir, a los dos nos gusta mucho la música… es ideal… pero no hay amor… nunca lo ha habido… prefiero la soledad a seguir viviendo así, no puedo soportarlo… le dije hace 15 años que no quería seguir viviendo con él, fue muy comprensivo y se limitó a pedirme que esperase a que los niños fuesen mayores… me ha preguntado mil veces qué es lo que va mal en nuestro matrimonio, para que yo quiera pedir el divorcio, y yo le he dicho siempre que no nos engañemos, que cuando no hay amor es imposible seguir viviendo juntos. Me preguntó en qué creo que consiste ese amor, y yo le he contestado mil veces que es imposible describir algo que no existe…” La pobre dice que tampoco ha querido nunca a sus hijos, que procuraba cumplir: “soy alguien que tiene todo lo que se puede desear, que piensa en una cosa vaga y remota que llama amor. Claro que en la vida hay también otras cosas: amistad, lealtad, bienestar, seguridad, pero...” Ella cree tener aún “posibilidades de encontrar el amor… ahora todo está encerrado, embotellado… lo malo es que la vida que he vivido me ha ido ahogando cada vez más, pero aún estoy a tiempo, tengo que hacer algo: primero el divorcio… pues los dos nos obstaculizamos de un modo letal… es espantoso”. Y la cosa más fuerte es lo que dice a continuación: “Me está pasando una cosa muy extraña. Mis sentidos, quiero decir el tacto, la vista, el oído… me están empezando a fallar. Sé que esto de delante es una mesa, puedo verla… puedo tocarla, pero la sensación es débil y vaga, rebajada. Lo mismo lo demás: la música, los aromas, las caras de la gente, las voces, todo se está volviendo pobre, gris y desvaído, como mi vida”. Es dura una vida vacía. Esa mujer ya entrada en años ve que su vida ha sido irse apagando, no sabe lo que es el amor: y por eso pierde hasta la sensibilidad. Lo contrario ocurre cuando uno ama: todo se ve luminoso, se está despierto a la vida, se vive de modo auténtico, no hay obstáculos ni dificultades que no se superen, ya que ”fuerte como la muerte es el amor” (Cantar de los cantares).
Cuentan de un esposo que fue a visitar a un sabio consejero y le dijo que ya no quería a su esposa y que pensaba separarse. El sabio lo escuchó, lo miró a los ojos y solamente le dijo una palabra: -“Ámala”. Luego se calló.- “Pero es que ya no siento nada por ella”, contestó el marido. –“Ámala”, repitió el sabio. El esposo aburrido estaba ya desconcertado, cuando después de un oportuno silencio, agregó el sabio: "Amar es una decisión, voluntad de amar, compromiso… no un sentimiento; amar es dedicación y entrega. Amar es un verbo y el fruto de esa acción es el amor. El amor es un ejercicio de jardinería: arranca lo que hace daño, prepara el terreno, siembra, sé paciente, riega y cuida. Debes de estar preparado porque habrá plagas, sequías o excesos de lluvia, mas no por eso abandones tu jardín. Ama a tu pareja, es decir, acéptala, valórala, respétala, dale afecto y ternura, admírala y compréndela". Eso es todo... ámala.
Este relato de autor desconocido nos habla de que el Maestro de la vida es el amor. No el sentimiento sino la voluntad de querer, de darse, pues el amor es don de sí. El amor –esa voluntad y constancia, esa fidelidad como respuesta- es lo que convierte nuestra vida en algo vivo, que no acabe como una planta mustia, por falta de regarlo. El amor es algo misterioso pero vale la pena cultivarlo pues es la esencia de la vida, y a veces miramos hacia fuera, queremos cambiar las situaciones pensando que teniendo lo que deseamos seremos felices, y sería conformismo no aceptar nunca cambios, pero
tampoco podemos engañarnos en poner la solución de todo en un ir cambiando. A veces tenemos miedo a enfrentarnos al amor, y lo perdemos pues el amor auténtico es la ausencia total de miedo. Cuando rompemos una relación, cuando nos refugiamos en cosas que no están en nuestro camino, escapando de la realidad, ¿de que tenemos miedo? Precisamente de amar. La felicidad no está en tener lo que querríamos, sino en querer lo que tenemos, no proyectarnos hacia una situación idílica en la que todo está a nuestros gustos, pues nuestros gustos se agostarían y nos aburriríamos como a veces nos pasa con lo de cada día, cuando falta el amor. Hay un resello amoroso, divino, en todo; y cuando no lo veo voy quizás borracho de sensaciones que me impiden ver el trazado de la carretera, dominado por el miedo buscando una salida fácil que luego resulta tortuosa e infeliz. En una sociedad de cambios fáciles, es necesario entonces la sobriedad en esas formas de escape, no tener miedo al amor auténtico, cultivar con paciencia esa flor preciosa del amor.
Llucià Pou Sabaté

domingo, 3 de enero de 2010

Esto también es Amistad



Cuando me haces saber de algún modo que estás ahí aunque no lo digas,
aunque no des señales de vida...

Cuando te enfadas por lo que digo,
porque si no reaccionas es que no me escuchas...

Cuando vuelves tiempo después sobre aquello que hablamos,
que se te ha quedado prendido en algún sitio del alma...

Cuando expones tus "vergüenzas" y te expones a que abuse de ti,
sin miedo (porque sabes que no lo haré...)

Cuando piensas dos veces las palabras,
si sabes que van dirigidas a mí...

Cuando me respondes con sonrisas y flores...

Cuando me respondes con una lista de apelativos positivos ...

Cuando rezas por mí y por los míos...

Cuando valoras nuestra amistad como algo que se construye por el camino,
algo irrompible si está en manos de Dios....

Cuando demuestras con hechos que es posible reconstruir ruinas
y empezar de nuevo cada mañana...

Por tantas otras cosas y especialmente....

Cuando me llamas por mi nombre....

Gracias, amigo. Una sonrisa y una flor para ti...

cristinamorenoalconchel

viernes, 1 de enero de 2010

Ternura, dolor y educación en el amor

Ternura, dolor y educación en el amor
Krzysztof Kieslowski era un director de películas sobre temas esenciales, como la serie que inició sobre ese resumen de la vida que son los diez mandamientos: “en diez frases, los diez mandamientos expresan la esencia de la vida”, decía. En “No amarás” habla de "una historia de amor". La protagonista, Magda, creía haberlo vivido y disfrutado todo, y se encuentra desencantada, cuando el amor aparece en escena... ahí todo puede pasar, en ese mundo mágico cualquier cosa puede ocurrirnos a cualquiera, por muy tarde que parezca. Así, el amor acaba por llamar a la puerta, aunque de qué manera es algo imprevisible. Muestra -a modo de documental- qué piensan y hacen los protagonistas, y cómo sus obsesiones los unen: Tomek –un chico nacido solo en un hospicio, acogido en casa de una mujer mayor, que tiene miedo de quedarse sola- ama a Magda, que no conoce el amor aunque lo ha buscado con empeño: después de un desengaño amoroso ella está desconsolada y se le derrama sobre la mesa una botella de leche, y juega pasando el dedo por la mancha blanca; al mismo tiempo, él –que ha oído que el dolor sólo se quita con otro dolor- jugando con unas tijeras se hace un corte en un dedo, y también él juega pasando el dedo en la sangre derramada… El blanco y el rojo aparecen como la necesidad de amor y el sacrificio; amor en la literatura va unido a la muerte: eros y tanathos, van siempre juntos. El dolor va unido al amor no correspondido, y al mismo tiempo el deseo de amor da sentido a la vida.
Cuando se encuentran los dos y por fin se hablan, él pone una mano sobre la de ella, y luego ella la otra encima y él la otra, esta imagen muestra el deseo de ternura que hay en el corazón de la persona, como un reflejo de algo que está más allá; junto a esas manos hay otra, la de Dios, que nos protege.
La persona, cuando se abre a la ternura y el respeto de su padre y creador, participa mejor del conocimiento del otro, de su acogida, de la aceptación incondicional de su modo de ser... Y esto cuesta. Dice una canción: “porqué es muy fácil hablar, es muy fácil rezar, pero querer de verdad a veces hace llorar”. El amor de modo espontáneo aparentemente es mejor, pero luego se ve que el amor más auténtico está hecho de renuncia, de un esfuerzo por salir de uno mismo y prestar atención a los pequeños detalles. En definitiva, se requiere una educación del corazón, cosa difícil pues nos han enseñado a educar la inteligencia y la voluntad, pero el ejercicio de la virtud además de esfuerzo es –para una plenitud de la persona- educación de la afectividad; como se quejaba Ingmar Bergman en una película: “te contaré una cosa banal: somos analfabetos emocionales. Hemos aprendido el cuerpo humano y la agricultura de Pretoria que la hipotenusa al cuadrado es igual a la suma de los catetos al cuadrado y todo eso… pero nada sobre el alma. Somos totalmente ignorantes respecto a nosotros mismos y a los demás.
Hemos agotado los recursos y de repente nos sentimos pobres, amargados y enfadados. Este verano voy a cumplir 45 años, razonablemente puedo vivir otros 30 pero mirándolo desde un punto de vista objetivo ya soy un cadáver. Durante los próximos 20 años puedo continuar amargando…”
Me decía una persona: “vivimos sólo una vida, y no la sabemos vivir, nos creemos eternos mientras se nos pasa el tiempo... El ser humano se ampara en mil cosas como posesión de saber, de dinero, de objetos, incluso, de personas. En cambio no centramos nuestros esfuerzos en conocernos... Y, sobre todo, en vivir...” Quizá perdimos esta noción esencial de la persona cuando la contemplamos desligada de esa mano que nos lleva desde lo alto. Así veía Pau Casals esta necesidad de educar en el amor: “Cada segundo que vivimos es un momento nuevo y único / del universo / un momento que nunca jamás volverá… / Y qué es lo que enseñamos a nuestros hijos? / Les enseñamos que dos más dos suman cuatro, / que París es la capital de Francia. / ¿Cuando los enseñamos, además, quiénes son? / A cada uno de ellos les deberemos decir: / Sabes qué eres? Eres una maravilla. / Eres único. Nunca antes ha habido ningún otro niño como tú. / Con tus piernas, con tus brazos, con la habilidad / de tus dedos, con tu manera de moverte. / Es posible que llegues a ser un Shakespeare, / un Miguel Ángel, / un Beethoven. / Tienes todas las capacidades. / Sí, eres una maravilla. / ¿Y cuando crezcas serás capaz de hacer daño a otro que, / como tú, / sea una maravilla? / Deberás trabajar -como todos debemos trabajar- para hacer / que el mundo sea digno de sus hijos.”
Llucià Pou Sabaté

¿Amar para siempre?




En el amor hay un componente romántico, desatado, furioso y ciego, fuera de la realidad, más bien se trata de un sentimiento y por tanto subjetivo, algo que hay que educar para que no tenga carácter posesivo y neurótico. Cuando esta fase no madura en un amor más profundo, conduce a una actitud melancólica, de tristeza íntima por el ensueño irrealizable, aquel amor imposible (el que se canta en la época del Romanticismo). Hay también un amor sin compromiso, pasional, que se plantea en términos de todo o nada (el que describe Larra, o Clarín en "La Regenta"), que rompe las convenciones sociales en nombre de la libertad de amar (si no acaba trágicamente, le sucede el desengaño, la desilución, la ironía o el cinismo).
"¿Qué es el amor auténtico? ¿Se da sólo una vez en la vida?" Son preguntas que puede plantearse quien lo idealiza y piensa que en su vida pasa todo lo contrario, que una convivencia basada en el amor es casi imposible pues la rotura parece ya irreparable. "Se ha roto... se nos acabó el amor", dicen: y es cierto, aquel viejo amor perdido quizá no es recuperable..., pero sí puede nacer otro. No será ya el amor adolescente e idealizado, pero será sin embargo más pleno y maduro, hecho a base de cosas reforzantes, positivas, que quizá no parten de la emoción, pero expresan algo más profundo. En nuestra cultura no cabe la idea de "esclavizarse" a un "para siempre", de modo obligatorio. De hecho, a las primeras de cambio se separan las parejas. Y no es que sean personas malas: pero realmente, muchas personas hoy día no se sienten maduras, están incapacitadas para asumir una relación matrimonial a nivel personal; de hecho van al matrimonio pensando que es otra cosa.
En la dinámica de encuentro amoroso hay componentes químicos, y en este sentido se puede pasar "la química", pero amar es una decisión personal que compromete totalmente, más allá de los sentimientos. En un cuento de Pearl S. Buck ("Hasta mañana") le pregunta una mujer blanca con dudas matrimoniales a una china casada con un marido que era "una peste": -"¿pero tú le amas?" Y ella: "-¿Amarlo?... lo que sí he sabido siempre es cuál era mi deber, y sin dudarlo, lo he cumplido. Cuando lo hago, soy feliz. Si no, me siento como enferma, y mi corazón no me deja descansar. Si mi esposo no ha sido conmigo un hombre ideal, al menos yo sí he sido para él lo mejor que me ha sido posible". Esto hay quienes no lo entienden. Que no lo pueden entender. La imagen de libertad que hay en el ambiente no incluye "lo correcto", "el deber", en el sentido profundo de "justicia". Y exaltamos tanto los sentimientos que todo debería someterse a ellos, hasta la misma justicia. Es un tema complejo porque no podemos juzgar las intenciones de los demás, pero es un hecho que la cultura actual adolece de una falta de cohesión, los componentes "químicos" y fisiológicos pesan mucho, a veces en perjuicio de los espirituales de justicia, confianza y lealtad, porque nadie lo ha "enseñado" de verdad (es decir, con la vida). Las facultades del alma quedan adormecidas, y lo de querer para siempre está fuera de su horizonte de referencias y de comprensión.
Pero nos podríamos preguntar: ¿se puede dar amor, si no se siente? Ante esto, podemos responder que cualquier persona es "amable" -digna de ser amada-, amar siempre merece la pena, y el esfuerzo en reconstruir la familia es algo con mucho sentido. Cierto que la vida es un camino con muchas etapas, con riesgos y peligros, hay nervios que hacen perder los estribos, dificultades externas (como la falta de dinero), o internas (cansancio de los compañeros del viaje, o aparecen como más atractivas otras personas que se encuentran en el camino)…
Sin embargo, hay testimonios de esta verdad profunda, como me contaba un amigo: "Una persona no debería casarse sólo porque siente amor, sino también porque quiere amar para siempre. Esto es una verdad como un templo y algo que para mí siempre ha sido fundamental en mi relación de pareja". Simultáneamente a lo dicho más arriba, lo que de verdad llena es comprometerse, todos necesitamos un lugar donde volver "a casa", especialmente los hijos. Y necesitamos hacer lo correcto, lo justo, y justicia no lo hemos de entender como un deber por deber, sino que "lo justo" es dar al otro lo que se le debe, amor.
Llucià Pou Sabaté