lunes, 30 de mayo de 2011

El osito de peluche de Toy Story 3 y el acoso social


El osito de peluche de Toy Story 3 y el acoso social

V
María Del Carmen --- 
Lda en geografía e historia, archivera...
Escrito por María Del Carmen --- hace 9 días
Muy bien Pau, excelente composición y exposición. Resumo diciendo que es eso, lo que dices, que unos cambian unos juguetes por otros y las personas no son juguetes. El ansia de poder de algunos es infinita, directamente proporcional a su complejo de inferioridad.

Autoestima e inteligencia emocional. Educación en valores. Eso es lo que se impone.

Donde mejor se ve reflejado el rasgo del perverso, el acosador en la familia y sociedad, el agresor en internet y en la empresa, es quizá en la película Toy Story 3 ... En esta nueva parte unos juguetes desaparecen y a su vez aparecen otros, concretamente diecisiete nuevos juguetes, entre los que se incluyen Ken, el novio de
Barbie; Lotso, un oso de peluche rosa que huele a fresas, es encantador y todos se acercan a él, pero hay algo... ; Big Baby, un bebé de plástico, y Buttercup, un unicornio de suave felpa.




Crecemos. Es ley de vida. Pero nunca dejamos de jugar, sólo cambiamos
nuestros juguetes por otros. Este proceso es natural. Y muchas veces
ni nos damos cuenta. Un día ya somos adultos y no sabemos cuando ha
pasado, ni cuando decidimos guardar en el desván (en el mejor de los
casos) aquellos juguetes que tan buenos ratos nos hacían pasar.

Por eso el tono de la película es más oscuro que el de sus
predecesoras. Hablar de cambios suele traer esas sombras de melancolía
y tristeza a nuestra vida. No porque cambiar sea malo, sino por lo que
significa. Cambiar es dejar cosas atrás, aceptar que podemos vivir sin
algo que nos hacía felices. Dejar cosas para hacer espacio a las
nuevas, a las que han de llegar.



Andy se marcha a la universidad y tiene que decidir qué hacer con sus
juguetes, si guardarlos en una caja en el desván, donarlos a la
guardería Sunnyside o tirarlos a la basura. Es una decisión difícil.
Hace mucho tiempo que no juega con sus juguetes, a pesar de los
esfuerzos que hacen éstos para llamar su atención, pero son sus
juguetes y les tiene cariño. Debido a un malentendido parte de los
juguetes acaban en una bolsa de basura, convencidos de que su dueño se
ha desecho de ellos. Woody ha sido el único que se ha “salvado”. Andy
ha decidido llevárselo a la universidad como recuerdo. El único que se
ha percatado de la equivocación es el propio Woody, que decide
rescatar a sus amigos. Esta nueva peripecia hará que accidentalmente
acaben todos en una caja rumbo a la guardería Sunnyside.



Creyéndose abandonados, todos los juguetes, Buzz, Rex, el señor y la
señora Potato, Jessie, el cerdito Hamm, los marcianitos y los demás
aceptan quedarse en Sunnyside. Sólo Woody quiere regresar a su hogar,
junto a Andy.

En su ya nuevo hogar conocen a Lotso, un oso rosa de nariz morada que
huele a fresa, el anfitrión de Sunnyside, cordial y amable, que les
muestra las instalaciones y a todos los juguetes que “viven” allí, y
que además les asignará la sala de juegos en la que vivirán de ahora
en adelante. ES EL QUE ACOGE A LOS MIEMBROS A LA LLEGADA A LA
COMUNIDAD. Muy pronto, antes de lo que imaginan, los viejos juguetes
descubrirán la verdadera cara de Lotso y tendrán que vérselas con los
niños de la sala “oruga”. EL TORTURADOR... VA ACOSANDO A SUS VÍCTIMAS,
LOS NUEVOS... A ALGUNOS LES PIDE QUE SE ALIEN A ÉL, SON LOS MEJORES,
QUE SI NO SE SOMETEN SERÁN TORTURADOS...

A partir de ahí los juguetes vivirán una auténtica odisea para escapar
y regresar a su verdadero y único hogar.



Toy story 3 es una aventura maravillosa, que como todas las grandes
películas termina con un viaje. Un viaje que no es necesariamente
físico. Un viaje como transición, y transformación. Ese es el
verdadero viaje de Andy, su destino. Y en medio hay otro viaje, una
huída. Una huída en la que nos sentiremos muy cerca de Woody, de Buzz,
del señor Potato, tan genial como siempre; y en la que sentiremos con
ellos la misma angustia de no ser descubiertos por un mono al que no
se le escapa una.



Podría resultar increíble, ya que pocas trilogías son capaces de
aguantar un nivel aceptable de calidad, pero Toy story lo consigue. La
historia es un acierto, conjuga de maravilla acción y emoción, y no
pierde interés en ningún momento. Vivimos y sentimos a través de los
ojos de esos “dibus”, que son más que eso. Porque, igual que cuando
éramos pequeños, cuando las películas obraban esa magia en nosotros,
nos hemos metido dentro de la película, sumergidos completamente, y
respiramos y contenemos el aliento con los personajes.



Eso es lo más maravilloso que te puede pasar en un cine; estar allí,
física y emocionalmente. Por eso cuando se acerca el final es
imposible aguantar la emoción. Es un final agridulce, pero tierno.
Destaco el personaje de Lotso, me gustan los atormentados, y este
personaje lo es. No perdona, ni olvida. Su compañero Big Baby es
inquietante, y terrorífico. Ken es genial, y su armario lo mejor de su
“casa de ensueño”. Su rollito con Barbie es muy divertido. La mafia de
la guardería también tiene su gracia. El mono, con sus ojos rojos como
de haberse inyectado café en vena, es siniestro pero por eso mismo no
te deja indiferente. Todos los personajes tienen su momento, como el
lapso flamenco de Buzz o el de Mr. Potato algo más estilizado de lo
habitual. Te emocionarás, y también habrá momentos para reír. Tengo
más razones para recomendarte Toy story 3, pero es mejor que los
descubras por ti mismo. Ve a verla, te aseguro que no te defraudará (http://eldesvansecreto.blogspot.com/2010/08/toy-story-3. Html, con anotaciones mías).

Sigo a Marie-France Hirigoyen: "Cualquier sujeto que esté en crisis puede ser conducido a utilizar mecanismos perversos. Los rasgos de la personalidad narcisista los comparten casi todas las personas (egocentrismo, necesidad de ser admirado, intolerancia a las críticas). No se trata de rasgos patológicos. Por otra parte, todos hemos manipulado alguna vez a alguien con el objetivo de obtener una ventaja, y todos hemos sentido alguna vez un odio destructor pasajero. Lo que nos diferencia de los individuos perversos es que, en nuestro caso, estos comportamientos y estos sentimientos son únicamente reacciones pasajeras que, además, nos producen remordimientos y pesadumbre. Un neurótico asume su propia unidad a través de sus conflictos internos. La noción de perversidad, en cambio, implica una estrategia de utilización del otro y luego una estrategia de destrucción del otro, sin que se produzca ningún sentimiento de culpa.

Son muchos los psicoanalistas que reivindican para todos los individuos una parte de perversión normal: «Todos somos perversos polimorfos». Se refieren a la parte perversa que existe en cualquier neurótico y que le permite precisamente defenderse. Un perverso narcisista, por contra, sólo se construye a sí mismo al saciar sus pulsiones destructoras".

Aquí hay varios términos que nos ayudarán a entender a la personalidad que distingue al perverso, o acosador, de resto de personas: cómo se forma el perverso, el tipo narcisista, y ciertas deformaciones que van apareciendo que hacen su vida inútil y dañina para los demás, que llamamos megalomanía, vampirismo, y paranoias que no sabemos hasta qué punto son fruto de la libertad y hasta qué punto debilidades mentales que la persona tiene o que se va formando con su actuar.

LA PERVERSIÓN NARCISISTA

"La palabra «perversión» (del latín pervertere: dar la vuelta, invertir) apareció en la lengua francesa en 1444 con el significado de la conversión del bien en mal. Actualmente, en su sentido corriente, esta palabra denota un juicio moral.

En el siglo XIX, los médicos especializados en enfermedades mentales se interesaron por el plano médico-legal de la perversión, e intentaron establecer la no responsabilidad de los perversos, pero sin convertirlos por ello en unos dementes como los demás. En aquel entonces, definieron la perversión como una desviación de los instintos (instinto social, moral, de nutrición...).

En 1809, Pinel reagrupó, bajo la denominación «manía sin delirio», todas las patologías ligadas a la pluralidad de los instintos: las perversiones, los comportamientos antisociales, la piromanía, la cleptomanía...

A continuación, Krafft-Ebing volvió a centrar el interés en las perversiones sexuales.

El término «narcisismo» aparece por primera vez en 1910 en un texto de Freud dedicado a la homosexualidad. Más adelante, distinguirá el narcisismo primario del narcisismo secundario. En la literatura psicoanalítica, la noción de narcisismo primario está sujeta a numerosas variaciones. No entraremos en ese debate, pero hemos de señalar que Freud, en las primeras líneas de su obra Introducción al narcisismo, declara haber tomado el término de P. Näcke (1899), quien lo había utilizado para describir una perversión. De hecho, Näcke creó la palabra Narzissmus, aunque lo hizo para comentar los puntos de vista de H. Ellis, quien, en 1898 y por vez primera, había descrito un comportamiento perverso en relación con el mito de Narciso.

Freud reconoce la existencia de pulsiones distintas de las sexuales, pero en esos otros casos no habla de perversión. El adjetivo «perverso» comporta una ambigüedad que corresponde a los dos sustantivos «perversidad» y «perversión». Desde el punto de vista del psicoanálisis, la perversión es una desviación en relación al acto sexual normal, que se define como un coito que persigue la obtención del orgasmo mediante la penetración vaginal, mientras que la perversidad serviría para calificar el carácter y el comportamiento de determinados sujetos que manifiestan una crueldad o una malignidad particular. Bergeret, por ejemplo, distingue las perversiones del carácter, las cuales corresponden a los perversos afectados de perversidad, de las perversiones sexuales.

El psicoanalista P. -C. Racamier fue uno de los primeros en desarrollar el concepto de perverso narcisista. Otros autores, entre los que figura Alberto Eiguer, han intentado luego establecer una definición del mismo: «Los individuos perversos narcisistas son aquellos que, bajo la influencia de su granilloso yo, intentan crear un vínculo con un segundo individuo, atacando muy especialmente su integridad narcisista con el fin de desarmarlo. Atacan asimismo al amor hacia sí mismo, a la confianza en sí mismo, a la autoestima ya la creencia en sí mismo del otro. Al mismo tiempo, intentan, de alguna manera, hacer creer que el vínculo de dependencia del otro en relación con ellos es irreemplazable y que es el otro quien lo solicita».

Los perversos narcisistas son considerados como psicóticos sin síntomas, que encuentran su equilibrio al descargar sobre otro el dolor que no sienten y las contradicciones internas que se niegan a percibir. No hacen daño ex profeso; hacen daño porque no saben existir de otro modo. A ellos también los hirieron durante su infancia, e intentan sobrevivir de esta manera. Esta transferencia del dolor les permite valorarse en detrimento de los demás".

EL NARCISISMO
"La personalidad narcisista se describe como sigue y tiene que presentar al menos cinco de las siguientes manifestaciones:

—el sujeto tiene una idea grandiosa de su propia importancia;
—lo absorben fantasías de éxito ilimitado y de poder;
—se considera «especial» y único;
—tiene una necesidad excesiva de ser admirado;
—piensa que se le debe todo;
—explota al otro en sus relaciones interpersonales;
—carece de empatía;
—envidia a menudo a los demás;
—tiene actitudes y comportamientos arrogantes.

La descripción de la patología narcisista que Otto Kernberg realizó en 1975 se aproxima mucho a lo que hoy en día se define como perversión narcisista: «Los rasgos sobresalientes de las personalidades narcisistas son la grandiosidad, la exagerada centralización en sí mismos y una notable falta de interés y empatía hacia los demás, no obstante la avidez con que buscan su tributo y aprobación. Sienten gran envidia hacia aquellos que poseen algo que ellos no tienen o que simplemente parecen disfrutar de sus vidas. No sólo les falta profundidad emocional y capacidad para comprender las complejas emociones de los demás, sino que además sus propios sentimientos carecen de diferenciación, encendiéndose en rápidos destellos para dispersarse inmediatamente. En particular, son incapaces de experimentar auténticos sentimientos de tristeza, duelo, anhelo y reacciones depresivas, siendo esta última carencia una característica básica de sus personalidades. Cuando se sienten abandonados o defraudados por otras personas, suelen exhibir una respuesta aparentemente depresiva pero que, examinada con mayor detenimiento, resulta ser de enojo y resentimiento cargado de deseos de venganza, y no verdadera tristeza por la pérdida de una persona que apreciaban».


Un Narciso, en el sentido del Narciso de Ovidio, es alguien que cree encontrarse a sí mismo cuando se mira en el espejo. Su vida consiste en buscar su propio reflejo en la mirada de los demás. El otro no existe en tanto que individuo, sino solamente como espejo. Un Narciso es una cáscara vacía que no tiene una existencia propia; es alguien falso que intenta crear una ilusión que enmascare su vaciedad. Su destino es un intento de evitar la muerte. Se trata de alguien a quien no se ha reconocido nunca como un ser humano y que se ha visto obligado a construirse un juego de espejos para tener la sensación de que existe. Como en el caso del caleidoscopio, por mucho que este juego de espejos se repita y se multiplique, el Narciso no deja de estar formado por el vacío".

EL PASO A LA PERVERSIÓN
El Narciso, al no disponer de sustancia, se «conectará» al otro y, como una sanguijuela, intentará sorber su vida. Al ser incapaz de establecer una relación verdadera, sólo puede crearla en un registro «perverso», de malignidad destructora. Indiscutiblemente, los perversos sienten un placer enorme y vital al ver sufrir y dudar a los demás, del mismo modo que gozan al someterlos y humillarlos.
Todo empieza y se explica a través del Narciso vacío, de esa construcción mediante reflejos que ocupa su lugar y que nada contiene en su interior, del mismo modo que un robot está construido para imitar a la vida y cuenta con todas las apariencias, o con todas las prestaciones, de la vida, pero no posee la vida. El desorden sexual o la maldad no son más que consecuencias inevitables de esa estructura vacía. Igual que los vampiros, el Narciso vacío necesita alimentarse de la sustancia del otro. Cuando uno carece de vida, tiene que intentar apropiarse de ella o, si esto no es posible, tiene que destruirla para que no haya vida en ninguna parte.

Los perversos narcisistas son invadidos por «otro» y no pueden prescindir de él. Ese otro no es ni siquiera un doble, el cual tendría una existencia propia. Es simplemente un reflejo del mismo perverso. De ahí la sensación que tienen las víctimas de que se las niega en su individualidad. La víctima no es otro individuo, sino simplemente un reflejo. Cualquier situación que pueda poner en tela de juicio ese sistema de espejos que enmascara el vacío sólo puede implicar una reacción en cadena de furor destructivo. Los perversos narcisistas no son más que máquinas de reflejos que buscan en vano su propia imagen en el espejo de los demás.

Son insensibles. No tienen afectos. ¿Cómo podría ser sensible una máquina de reflejos? De este modo, no sufren. Sufrir supone una carne, una existencia. No tienen historia porque están ausentes. Sólo los seres que están presentes en el mundo pueden tener una historia. Si los perversos narcisistas se dieran cuenta de su sufrimiento, algo nuevo empezaría para ellos. Se trataría de algo distinto que supondría el final de su funcionamiento anterior".

LA MEGALOMANÍA
"Los perversos entran en relación con los demás para seducirlos. A menudo, se los describe como personas seductoras y brillantes. Una vez que se ha pescado al pez, basta con mantenerlo enganchado mientras se le necesite. El otro no existe, no se le ve ni se le escucha; es simplemente «útil». En la lógica perversa, no existe la noción del respeto al otro.

La seducción perversa no conlleva ninguna afectividad. El mismo principio del funcionamiento perverso es evitar cualquier afecto. El objetivo es no tener sorpresas. Los perversos no se interesan por las emociones complejas de los demás. Son impermeables al otro y a su diferencia, salvo en los casos en que perciben que esa diferencia puede molestarles. Se produce una negación total de la identidad del otro, cuya actitud y cuyos pensamientos tienen que conformarse a la imagen que los perversos tienen del mundo.

La fuerza de los perversos estriba en su insensibilidad. No conocen ningún escrúpulo de orden moral. No sufren. Atacan con absoluta impunidad, pues, aun cuando sus víctimas utilicen defensas perversas como respuesta, se las ha elegido porque no alcanzan nunca el virtuosismo del que supuestamente las protege.
Los perversos pueden apasionarse con una persona, una actividad o una idea, pero estos destellos son muy superficiales. Ignoran los verdaderos sentimientos y, muy especialmente, los de la tristeza y el duelo. En ellos, las decepciones producen ira o resentimiento, y un deseo de venganza. Esto explica la rabia destructora que los embarga cuando tienen que afrontar una separación. Cuando un perverso percibe una herida narcisista (una derrota o una repulsa), siente un deseo ilimitado de obtener una revancha. No se trata, como sería el caso en un individuo colérico, de una reacción pasajera y desordenada, sino de un rencor inflexible al que el perverso aplica todas sus capacidades de razonamiento.

Los perversos, del mismo modo que los paranoicos, mantienen una distancia afectiva suficiente que les permita no comprometerse realmente. La eficacia de sus ataques es un resultado del hecho de que ni la víctima ni un observador externo pueden imaginar que alguien carezca hasta tal punto de atención o de compasión ante el sufrimiento ajeno.

EL VAMPIRISMO
La víctima no existe en tanto que persona, sino en tanto que soporte de una cualidad de la que el perverso intenta apropiarse. Los perversos se alimentan con la energía de los que padecen su encantamiento. Intentan apropiarse del narcisismo gratificador del otro invadiendo su territorio psíquico.

El problema del perverso narcisista es que tiene que remediar de algún modo su vaciedad. Para no tener que afrontar esta vaciedad (lo cual supondría su curación), el Narciso se proyecta sobre su contrario. Se vuelve perverso en el primer sentido del término: se desvía de su vacío (mientras que el no perverso afronta ese vacío). De ahí su amor y su odio hacia la personalidad maternal, la figura más explícita de la vida interior. El Narciso necesita la carne y la sustancia del otro para llenarse. Pero es incapaz de alimentarse con esa sustancia carnal, pues ni siquiera dispone de un inicio de sustancia que le permita acoger, agarrar y hacer suya la sustancia del otro. Esta sustancia termina por convertirse en un peligroso enemigo, pues no hace más que revelarle su propio vacío.

Los perversos narcisistas sienten una envidia muy intensa hacia los que parecen poseer cosas que ellos no poseen o hacia los que simplemente gozan de la vida. La apropiación puede ser social; por ejemplo, cuando seducen a un compañero que les introduce en un medio social que envidian: alta burguesía, medio intelectual o artístico... El beneficio de esta operación resulta de poseer un compañero que facilita el acceso al poder.

Luego, atacan la autoestima y la confianza en sí mismo del otro para aumentar su propio valor. Se apropian del narcisismo del otro.

Por razones que dependen de su historia en los primeros estadios de la vida, los perversos no han podido realizarse. Observan con envidia cómo otros individuos disponen de lo necesario para realizarse. Pero no se cuestionan, e intentan destruir la felicidad que pueda pasar cerca de ellos. Prisioneros de la rigidez de sus defensas, intentan destruir la libertad. Al no poder gozar plenamente de sus propios cuerpos, intentan impedir el goce del cuerpo de los demás, incluso el de sus propios hijos. Al ser incapaces de amar, procuran destruir con su cinismo la simplicidad de una relación natural.

Para aceptarse a sí mismos, los perversos narcisistas tienen que vencer y destruir a alguien al tiempo que se sienten superiores. Disfrutan con el sufrimiento de los demás. Para afirmarse, tienen que destruir.

Hay en ellos una exacerbación de la función crítica que les conduce a pasar el tiempo criticándolo todo y a todo el mundo. De este modo, se mantienen en su omnipotencia: « ¡Si los demás son una nulidad, forzosamente yo soy mejor que ellos! ».

La envidia y la finalidad de la apropiación son el motor del núcleo perverso.

La envidia es un sentimiento de codicia, de irritación rencorosa, que se desencadena a raíz de la visión de la felicidad y las ventajas del otro. Es una mentalidad inicialmente agresiva que se funda en la percepción de lo que el otro posee y uno no. Esta percepción es subjetiva, y puede llegar a ser delirante. La envidia comporta dos polos: por un lado, el egocentrismo y, por otro, la mala intención, que se basa en las ganas de perjudicar a la persona envidiada. Esto presupone un sentimiento de inferioridad en relación con esa persona que posee lo que uno codicia. El envidioso lamenta ver cómo el otro posee ciertos bienes materiales o morales, y desea destruirlos antes que adquirirlos. Si los adquiriera, no sabría qué hacer con ellos. No tiene los recursos necesarios para ello. Para vencer la distancia que lo separa del objeto codiciado, el envidioso se conforma con humillar al otro y envilecerlo. El otro adopta de este modo los rasgos de un demonio o de una bruja.

Lo que el perverso envidia por encima de todo es la vida de los demás. Envidia los éxitos ajenos, que le hacen afrontar su propia sensación de fracaso. Pero no se muestra más contento con los demás que consigo mismo; jamás considera que algo funcione, todo resulta complicado, y todo es una prueba. Los perversos imponen a los demás su visión peyorativa del mundo y su insatisfacción crónica ante la vida. Desbaratan cualquier entusiasmo que se pueda producir a su alrededor e intentan demostrar antes que nada que el mundo es malvado, que los otros son malvados y que su propio compañero es malvado. Con su pesimismo, van arrastrando al otro hasta que lo sumen en un registro depresivo, y luego se lo reprochan.

Los deseos y la vitalidad de los demás les señalan sus propias carencias. También encontramos en ellos esa envidia, compartida por tantos seres humanos, del vínculo privilegiado que la madre mantiene con su hijo. Ésta es la razón por la cual, las más de las veces, eligen a sus víctimas entre las personas que se muestran más llenas de energía y que saben gozar de la vida, como si intentaran acaparar una parte de su fuerza. La sumisión y la servidumbre de sus víctimas a las exigencias de sus deseos, así como la dependencia que ellos mismos crean, suponen para ellos una prueba irrefutable de la realidad de su apropiación.

La apropiación es la continuación lógica de la envidia.

Los bienes a los que nos referimos son rara vez bienes materiales. Son cualidades morales difíciles de robar: alegría de vivir, sensibilidad, comunicación, creatividad, dones musicales o literarios... Cuando la víctima expresa una idea, las cosas suceden de tal modo que la idea formulada deja de ser suya y pasa a pertenecer a su agresor. Si el envidioso no se hallara cegado por el odio, podría aprender a adquirir una parte de esos dones a través de una relación de intercambio. Pero ello presupondría una modestia que el perverso no tiene.

Los perversos narcisistas se apropian de las pasiones del otro en la medida en que sienten pasión por ese otro o, más exactamente, se interesan por ese otro en la medida en que detenta algo que les podría apasionar. Así, podemos ver cómo muestran un gran corazón y, a continuación, unos desaires brutales e irremediables. Los que lo presencian no entienden muy bien cómo alguien puede poner por las nubes a una persona un día y destrozarla al día, siguiente, sin que aparentemente ninguna queja o reproche medie entre ambas cosas. Los perversos absorben la energía positiva de quienes los rodean, y se alimentan y se regeneran con ella. Y luego vuelcan sobre ellos toda su energía negativa.

La víctima les proporciona muchas cosas, pero no son nunca suficientes. Al no estar nunca satisfechos, los perversos narcisistas adoptan siempre la posición propia de la víctima, y consideran que la madre (o bien el objeto sobre el que han proyectado a su madre) es siempre la responsable de su situación. Los perversos agreden al otro para salir de la condición de víctima que conocieron en su infancia. En las relaciones que establecen, esta actitud de víctima les sirve para seducir a aquellas personas que pretenden consolar o reparar, antes de arrinconarlas en una posición de culpabilidad. Cuando tienen que separarse, los perversos se presentan como víctimas que han sido abandonadas. Esto les asegura el mejor papel y les permite seducir a un nuevo compañero consolador".

LA IRRESPONSABILIDAD
"Se considera que los perversos son irresponsables porque no tienen una subjetividad real. Ausentes de sí mismos, también lo están para los demás. Si no están nunca donde se los espera, si no hay forma de sorprenderlos, es sencillamente porque no están ahí. En el fondo, cuando acusan a los demás de ser responsables de lo que les ocurre, no acusan, sino que comprueban: puesto que ellos mismos no pueden ser responsables, por fuerza tiene que serlo el otro. Adjudicarle la culpa al otro, maldecirlo haciéndolo pasar por malvado, no sólo permite desahogarse, sino también rehabilitarse. No son nunca responsables, ni son nunca culpables: todo lo que anda mal es siempre culpa de los demás;

Se defienden mediante mecanismos de proyección: atribuyen a los. Demás, todas sus dificultades y todos sus fracasos y no se sienten culpables de nada. Se defienden asimismo a través de la negación de la realidad. Eluden el dolor psíquico transformándolo en negatividad. Esta negación es constante y afecta incluso a las pequeñas cosas de la vida cotidiana, aun cuando la realidad demuestre lo contrario. Excluyen de sí mismos el sufrimiento y la duda. Por lo tanto, los demás los tienen que llevar. Agredir a los demás es su manera de evitar el dolor, la pena y la depresión.

Los perversos narcisistas tienen dificultades para tomar decisiones en la vida corriente y necesitan que otras personas asuman esa responsabilidad en su lugar. No son de ningún modo autónomos y no pueden prescindir del prójimo, lo que les conduce a un comportamiento «pegajoso» y a temer la separación; sin embargo, piensan que es el otro el que solicita la sujeción. Se niegan a ver el carácter depredador de su propio enganche, pues ello podría acarrear una percepción negativa de su propia imagen. Esto explica su violencia para con un compañero demasiado benévolo o reparador. Si este último, en cambio, se muestra independiente, entonces lo perciben como si fuera hostil y rechazador.

Se sienten incómodos o impotentes cuando están solos, y persiguen obtener a toda costa el amparo y el apoyo de los demás. También les cuesta iniciar proyectos y hacer las cosas en soledad. En cierto modo, solicitan la repulsa, pues esto les confirma que la vida es exactamente tal y como la habían previsto, pero cuando una relación se acaba, buscan con urgencia una nueva relación que les garantice el amparo que necesitan".

LA PARANOIA
"Los perversos narcisistas suelen presentarse como moralizadores y suelen dar lecciones de rectitud a los demás. En este sentido, se aproximan a las personalidades paranoicas.

La personalidad paranoica responde a las siguientes características:

—la hipertrofia del yo: orgullo, sentimiento de superioridad;
—la rigidez psicológica: obstinación, intolerancia, racionalidad fría, dificultad para mostrar emociones positivas, desprecio del otro;
—la desconfianza: temor exagerado de la agresividad ajena, sensación de ser una víctima de la maldad del otro, suspicacia, celos;
—los juicios equivocados: interpreta acontecimientos neutros como si fueran adversos.

El perverso, a diferencia del paranoico, aunque conozca perfectamente las leyes y las reglas de la vida en sociedad, juega con ellas para soslayarlas con un mayor regocijo. Desafiar las leyes es lo propio del perverso. Su objetivo es confundir a su interlocutor mostrándole que su sistema de valores morales no funciona, para luego conducirlo hacia una ética perversa.

Los paranoicos toman el poder por la fuerza, mientras que los perversos lo toman mediante la seducción. También pueden recurrir a la fuerza, pero sólo cuando la seducción deja de mostrarse eficaz. La fase de violencia es en sí misma un proceso de desequilibrio paranoico: se debe destruir al otro porque es peligroso. Hay que atacar antes de ser atacado.

Como hemos visto, la perversión narcisista es un arreglo que permite evitar la angustia al proyectar todo lo que es malo sobre el exterior. Es una defensa contra la desintegración psíquica. Cuando atacan al otro, los perversos pretenden, sobre todo, protegerse. Donde podría aparecer la culpabilidad, nace una angustia psicótica insoportable que se proyecta con violencia sobre el chivo expiatorio. Este último es el receptáculo de todo aquello que su agresor no puede soportar.

Durante su infancia, y a fin de protegerse, los perversos tuvieron que aprender a separar sus partes sanas de sus partes heridas. Por esta razón, siguen funcionando de una manera fragmentada. Su mundo se divide en lo bueno y lo malo. Proyectar todo lo que es malo sobre alguien les ayuda a sentirse mejor en sus propias vidas y les garantiza una cierta estabilidad. Los perversos temen la omnipotencia que imaginan en los demás porque se sienten impotentes. En un registro casi delirante, desconfían de los demás y les atribuyen una malevolencia que no es más que una proyección de su propia maldad.

Si este mecanismo resulta eficaz, el odio que proyectan sobre un blanco al que convierten en presa es suficiente para aplacar sus tensiones interiores, lo que les permite mostrarse como una compañía agradable en otros lugares. Esto explica la sorpresa, o incluso la incredulidad, de las personas que se enteran de las acciones perversas de una persona cercana que hasta ese momento sólo había mostrado su lado positivo. Las pruebas que presentan las víctimas no parecen creíbles".

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